Si me brindas otra lo hago. Si va. Bueno, sabes que eran mis inicios con el taxi. En esos tiempos los clase media no conocían los carritos, el metro ni se diga. No pana, para esa gente llegarse a cualquier sitio a más de dos cuadras era agarrar un taxi. Una vez una señora me pagó para que la llevara de La Estancia a la Plaza Francia... ¡Que no es joda vale! Bueno, en ese entonces yo todavía era un carajito. Mi papa tenía un carrito, un Malibu Classic, viejito pero bien cuidado. Como estaba juntando con mi mamá y mi tío pa' comprarse una casita mejor, entonces taxeaba los fines de semana y hacía viajes. Eso antes podía hacerse, tú sabes. En una de esas lo trataron de asaltar saliendo de una tasca en La Mercedes y por salir corriendo se rompió una pierna. La universidad andaba en paro y me dijo que le hiciera la segunda de salir un viernes y me daba un porcentaje de las carreras. Yo le dije claro, dale.
Estoy en la esquina ladillado, fumándome un cigarro, cuando me tocan el vidrio. Tiré el cigarro por la ventana y lo bajé. Era una chama bonita, alta, flaquitica pero con lo suyo. Tenía una falda larguísima y un bolso como de playa full de vainas. Se veía muy... Los metaleros con los que yo me la pasaba fumando en la cancha la habrían llamado comeflor. Se le hacían huequitos en la cara sonreía. Toda sonriente me pregunto qué cuánto le cobraba hasta la Guaira. ¿Hasta la Guaira? ¿Hasta el aeropuerto?, le pregunté, porque era lo más lejos que había llegado mi papá. No, hasta Los Caracas. Yo me quedé frió. Tratando de sacármela de encima le dije que trescientos bolívares. Es difícil recordarlo, pero en ese momento eso era un billete. La chama se montó en el carro, feliz como acabara de ganarse el kino. Ay, yo pensé quera mucho más caro, me dijo. Sacó de su bolso un fajo de billetes amarrados con una liga, me dio una parte y me dijo que los contara. Yo me quedé loco con aquella ingenuidad, aunque eran otros tiempos, así que conté la plata y le devolví el resto. Más tarde me di cuenta de que tenía muchos otros de esos fajos. La chama sacó un cigarro, un marlboro light, y me ofreció otro a mí. Lo prendió sin pedir permiso. Supongo que por la peste a humo reciente en el carro.
¿Hay gente esperándola en Los Caracas?, le pregunté, porque en ese momento uno solo tuteaba a sus amigos, había respeto. Por eso me sorprendió cuando ella me dijo No chico, es que estaba aburrida en mi casa y mi carro está dañado y bueno, que más me queda. Porque claro, alguien que tiene trescientos bolívares para gastar en un taxi no debe ser ningún güevón de a pie. ¿Y vas a hacer algo durante el día? No. ¿Qué iba a estar haciendo? Con el largo de ese viaje había perdido como la mitad de las carreras. Ah bueno, mira, si te quedas conmigo te brindo el almuerzo y después nos devolvemos a Caracas, ¿te parece? Aproveché que estábamos en un semáforo para voltear a mirarla. Tenía los ojos clarísimos, como aguarapados. Supongo que puse cara de cagado, porque ella volvió a reírse y me dijo No te pongas así, si no quieres bueno, yo consigo que me traiga de regreso. Pero la verdad es que ya me había seducido la idea de una fosforera bien resuelta y me dije qué coño, dale, la catirita es de pinga. Sonreía tanto que llegue a pensar que esa era su expresión natural y que sin ella se vería desnuda, ¿tú entiendes? Porque llevaba mucho rato sonriendo. Se la pasó todo el día sonriendo...
Aún así quise disimular y le dije que me parecía un abuso, que la comida en las playas era carísima, etcétera. Ella se encogió de hombros y no dijo nada. Antes de que llegáramos al primer túnel saco un CD del bolso y prendió el aparato. Recuerdo que me alegré porque la primera era una canción de The Doors. Me sentí como si fuese en un viaje de joda con mis panas. ¿Y tú no estudias?, preguntó. Si vale, en la Central, pero está en paro. ¡Qué chévere!, ¿y qué estudias? Le dije que estaba estudiando Ingeniería Mecánica. Yo también estudio ahí. Estudio artes. Yo me había imaginado que, si estudiaba, tenía que ser en la católica. Estaba medio mojoneado, porque yo sabía que en la central se veía de todo, pero bueno, los estereotipos y tal. Supongo que ella también lo estaba, porque me dijo: Pero coye, tú no tienes pinta de ingeniería.
Me lo habían dicho; en ese momento yo llevaba el pelo largo y la pintica y toda la paja. Sólo me faltaba una guitarra, y de hecho tenía una en la casa, pero me sabía lo que todo el mundo se sabe, el intro de Smoke on The Water y unas cuantas de Metallica. Cuando ya se veía el azulito del mar me dijo que se llamaba Laura. Cuando le dije que me llamaba Andrés hizo una mueca de asco que no tenía nada que ver con su eterna sonrisita. Te llamas como mi papá. Y yo pensé que o era una de esas coñitas a las que el papá se las cogía y después le compraba un carro o que solo le compraba el carro pero nunca había estado con ella, que le montaba cachos a la mamá con la secretaria... un culebrón, una vaina. Falleció hace poco. Lo mataron. Y aunque ahora está peor, en ese entonces el hampa con los riquiquitos tampoco comía cuento. No dijo nada por un rato. Seguí imaginándome secuestros y tipos con capucha ruleteando a un gafo con traje.
Cuando llegamos a Los Caracas ya era mediodía. Me avergüenza pensar que la playa estaba más llena de lo usual porque había paro en la central, pero bueno, yo podía ser facilito uno esos. Estacionamos el carro y lo primero que hizo fue caminar hasta un quiosco; seguro había comido varias veces ahí. Yo me estaba muriendo de calor, con la chaqueta y los bluyines, así que me quedé en camiseta antes de acompañarla. Ella me prestó unos lentes de sol de jeva antes de preguntarme que quería. Una fosforera, claro. Pidió además un dorado en rodajas y dos polarcitas. Luego se dedicó a ponerse protector solar.
El sol te arruga la piel, me dijo, antes de intentar ponérmelo en la cara. Lo hice yo mismo porque si no hubiese insistido toda la tarde, su expresión lo dejó claro. Cuando terminé la sopa, me dio la mitad de su pescado (nunca había visto tanto pescado) y pidió otras dos cervezas. Yo no sabía si esperar la aparición de algo tipo ¡Qué Locura! o si me había ganado la lotería, pero me bajé mi birra con ganas. A la tercera ella soltó la lengua con la facilidad que lo hace todo el mundo o casi todo el mundo con un taxista, como si uno fuese cura o psicólogo o una mezcla mamarracha entre los dos. A mi papá lo mataron porque andaba metido en una vaina de pornografía infantil. Casi me ahogo con la cerveza. Eso era más fuerte que todo lo que me había imaginado, incluyendo el escenario del incesto. Sin avisos ni nada. Un día llegaron unos tipos a la casa y le volaron la cabeza. Después salió todo a la luz y como el mamagüevo estaba muerto mi mamá tuvo que hacerse cargo de todo el peo legal. No sé que me dejó más loco, si la historia o la catirita que hablaba mandibuleao diciendo semejantes improperios.
Coño. Qué horrible. Lo único bueno de la habladera de paja cuando eres taxista es que a la mayoría de la gente sólo le interesa que la escuches y que des las señales mínimas de que les estás parando bolas. Aunque, si te soy sincero, me hubiese gustado saber cómo consolarla.
Si. Se suponía que solo era el dueño de una compañía de seguros, no tan conocida como Venezolana de Seguros o algo, pero si una vainita bien. Yo tenía una cuenta en el exterior. Apenas lo mataron tuve un mal presentimiento, así que saqué toda mi plata y la convertí a bolívares.
Yo volteé a los lados, más que cagado, como si ya la amenaza no fueran los bichos de la cámara oculta sino algún secuestrador oportunista que pasara casualmente por ahí, pero solo estaba la cocinera del quiosco, fumándose un cigarro en una sillita de playa.
¿Sabes que es lo peor? Que mi mamá lo sabía. Lo sabía todo. Me lo dijo ayer, llorando. Que mi papá nunca hizo nada más que pagar los equipos y demás, y solo se quedaba un porcentaje de las ganancias, pero lo sabía y nunca dijo nada. Mi carro no está dañado... Lo vendí....Terminó a fondo blanco su cuarta cerveza. Pagó todo en efectivo y dejó una propina que valía por otra comida.
Vente chico. Vamos a bañarnos.
Yo no me negué, pero en lo que alquiló un toldo y volvió a echarse protector le hablé claro. Cómo me iba a estar bañando si lo único que tenía era el bóxer. Ajá, ¿y entonces? ¡Te vas a rueda libre! No podía creérmelo, y sin embargo me cagué de la risa. Y aunque pongas esa cara, si, terminé bañándome con el bóxer y echándole agua encima a Laura.
Laura... parecía una niñita con plata, eso parecía ahí metida, con el bikini de florecitas y el cabello tapándole la cara. Era la clase de cabello que te hace pensar como se verá regado sobre una sábana. Si hubiese estado más chamo creo que se me hubiese despertado el chaparro inoportunamente. Tardamos dos horas y varios revolcones de ola en volver al toldo a comernos un rompecolchón. Ella me picó el ojo cuando se comió el suyo. Hermano, uno no es de hierro, y con ella yo no iba a aguantar dos pedias, ni una si se le ocurría pedir más birras.
¿Y cómo es tu vida, chamo? Y no sé por qué, a lo mejor por las otras tres cervezas que pidió, me pegó ese yo-no-sé-qué que le debe pagar a la gente que paga una carrera creyendo que compra una hora de terapia. Bueno, mi papá es abogado pero como es un señor dizque honesto no gana demasiado. Mi mamá trabaja como decoradora de interiores. Mi tío es mecánico... Ah, y tengo una hermanita que estudia sexto grado. Le gusta dibujar. Creo que tiene talento y todo. Le dije que mi papá le montaba cachos a mi mamá de vez en cuando, pero la trataba muy bien; si ella lo sabía, nunca había dicho pío. Que vivíamos en una casita en Baruta que antes era de mi abuela, con una mata de limón que llegaba al techo de mi cuarto. También le conté que yo quería estudiar letras, no ingeniería. Que había publicado incluso (en anónimo, para que no me jodieran mis amigos) unos cuentos en una de las revistas de la Universidad, cuando abundaban las revistas. Pero bueno, de qué iba a vivir estudiando Letras... mis viejos eran tolerantes con la pinta, la junta y la música, ya hubiese sido demasiado que aceptaran los cuenticos y la poesía. Coye, ¿y no tendrás uno de tus poemas por ahí? Precisamente tenía uno él en bolsillo del pantalón. Una mierda, por cierto. Lo saqué y se lo leí. Aquí lo tengo todavía, plastificado. Coño, pero es que si lo escuchas te vas a reír. Bueno, el poema es este.
hoy le toqué los huesos a mi perro
y sentí en ellos cada mío propio
rompiéndose
acercándose más a la piel
cada curva de su pliegue escueto de carne
se amoldaba perfectamente al esqueleto
cómo ha venido haciendo tanta carne en tantos cuerpos
en este pequeño espacio que me tocó habitar
como se curvan y encogen mis sueños
en este pequeño espacio que ocupa el alma
¿Ves que es una mierdita? A ella le encantó. Me pidió que se lo leyera otra vez y se me quedó viendo. En esa mirada entre la catira y yo hubo una conversación más intensa que cualquiera que haya tenido con cualquier ser humano, excepto quizás contigo cuando estabas tratando de explicarme porqué los Tigres de Aragua están infravalorados. Ya se estaba haciendo de noche. Nos sacamos la sal en las duchas públicas. ¿Entonces te llevo a Caracas? No. Quiero ir a Maiquetía.
Nos fumamos un cigarro en el capó del carro antes de irnos. Era la primera vez que hacía eso; le tenía como respeto al carro de mi viejo. Pero bueno, ahí estaba con el malrboro light, pensando en que hubiese preferido un consul, cuando ella me lanzo aquello.
¿Y no has pensado en irte del país?
Lo había pensado pero como quien sueña lo que no tiene, y jamás irme definitivamente. Mochilear, emborracharme en México, conocer Machu Pichu... Esas cosas que quiere hacer todo el mundo. Antes también se podía, si le echabas bola, y la gente se iba porque quería, no porque no pudiera vivir aquí.
De viaje, nada más. Ella parece que se olvidó de que estaba fumando, porque el cigarro era una torrecita alta de cenizas que se le consumía sin ayuda en la mano. ¿Y si pudieras irte y estudiar Letras en otro país? Me reí. Ni que mis notas dieran para tanto. Hay universidades privadas, insistió. Y podrías mandarle platica a tu familia. Se puede trabajar y estudiar.
Cuando la miré, sentada y con el cigarro olvidado temblando en su mano derecha, supe que hablaba completamente en serio. Supe que tenía suficientes billetes de esos como pa' que sobrevivieran al control cambiario y pa' comprarse una visa gringa si quería. Me lo estaba diciendo en serio. Y puedo asegurarte que yo también me lo estaba planteando en serio. Por un segundo me imaginé dejando el carro en el aeropuerto, comprando unos boletos y yéndome a quién sabe dónde con Laura, con su risita y con su charla amena, con esa mezcla tan extraña de fragilidad y fortaleza. Al final pensé en mi vieja y le dije que no. Pude notar su tristeza. Supongo que, por muy buena persona que fuese, no estaba acostumbrada a que le negaran nada. Suspiró y se volvió a poner esa risita, que ahora parecía escudo y no invitación. Claro, tú tienes una vida aquí, tu familia, tus panas... Entiendo, entiendo.
En resumen; la acompañé a Maiquetía y estuve con ella hasta la una de la mañana que salió el avión. Se fue a Argentina. Cuando estaban llamando para abordar me abrazó. Si me concentro lo suficiente aún puedo olerla, esa mezcla de playa y el Carolina Herrera rosadito. Lo sé porque mi prima tuvo que gastar casi la mitad del sueldo para comprarse uno igual. Y claro, ¿qué clase de cuento sería este si no me hubiese besado? Me besó. Me abrazó como si fuera a caerse a pedazos si no lo hacía y me besó como no me habían besado ninguna de mis noviecitas, me metió el dinero en el bolsillo y salió corriendo, medio doblada por el bolso de playa.
Cuando llegué a la casa me formaron tremendo peo por la hora. Les enseñé la plata (más de la que pensaba y todo) y les expliqué y se calmó la cosa, pero mi mamá igual parecía al borde de un soponcio. Me suplicó que no volviera a hacerle eso, que por algo habían hecho el sacrificio de comprar un teléfono para la casa... En fin. Yo me gradué y jamás ejercí. Una de las revisticas de la Universidad me puso en contacto con una editorial, tú sabes, y publiqué un poemario y dos libros de cuentos cortos más o menos conocidos. Y ahorita trabajando para el periódico... A veces creo que eso fue lo que me dejó Laura. Porque cuando escribo algo no puedo evitar recordar su cara cuando leyó aquel poema de cuarta. Porque nunca había visto a nadie reaccionar así ante uno de mis poemas. Aún hoy, cuando llegó a mi casa y mi esposa me está sirviendo la comida, me pregunto qué hubiese pasado si me hubiese ido con ella. En donde está ahora. Si habrá seguido estudiando...
Pero bueno chico, nos entretuvimos hablando paja. Claro, yo pago las otras dos que me tomé, solo me invitaste una. ¿Entonces nos vemos el viernes para ver el juego? Dale. Salúdame a tu mujercita cuando termine de formarte peo por llegar a esta hora. Cualquier cosa te lanzas una sonrisita tipo Laura y listo, ¡jaja!
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